Thursday, March 31, 2016

Mary Stewart: Trilogía Merlin

Me estoy leyendo «Juego de Tronos» y la primera consecuencia ha sido recordarme de aquellos dos libritos que, cuando tenia dieciocho años, compré en una perdida librería de mi país. «La cueva de cristal» y «Las colinas huecas» fueron una tardía revelación de mi juventud como lector. Vinieron a ser esos dos libros a los que acudía cada vez que necesitaba rodearme de ese halo de ensueño con que la fantasia y con que el romance nos envuelve. Suerte de lectura de desintoxicación.

Era la época en que leía mucha literatura rusa. Dostoievski, Tolstoi, Chejov y Lermontonov. Raskolnikov me saltaba las páginas de los cuentos de Chejov, mientras el mediocre Cherviakov lo atrapaba escurriéndose en Gorki. Y así, la británica llegó como esa luz que deslumbra un lugar en la historia, distinta, inigualable, una forma más humanizada, muy cercana al Chejov de sus buenos cuentos, una forma diferente de ver el mito más allá de su fantasia.

Mary Stewart, en los setenta, reescribió la leyenda de Arturo, contándola no desde la altura inmaculada del rey-leyenda-fantasía, sino de su inseparable mago y convirtiéndolo en un hombre inteligente y astuto de su siglo, insertándolo en su estatura humana. Mucho antes, esta escritora ya habia escalado la literatura inglesa publicando libros del corte de suspense romántico, brillando con luz propia en el género por encima de otros ya establecidos, por la calidad indiscutible de su prosa. Con la «Trilogía de Merlin» Stewart logra inscribirse con nombre propio en un mundo dominado entonces por los hombres, y superar a figuras reconocidas como T.H. White, yen su mismiísimo campo de experiencia.

Hoy, para la nueva generación de lectores jóvenes, el nombre de Stewart puede no ser una fácil referencia, y puede que ni lo conozcan. Fascinados con George R.R. Martin, sus novelas y los serieales de la HBO sobre ellas, muchos desconocen a la británica. Pero Stewart, a pesar de todo lo que se pueda decir sobre Martin, es superior al norteamericano. Se impone, por sobre todas las cosas, por su sobriedad y el toque romántico, estilizado de su prosa.

Comparten, sin embargo, la misma época, el mismo entorno medieval, la misma atmósfera de caballeria, magia y fantasia. Describen un idéntico mundo hostil, violento, donde la imaginación vuela, y realidad y surrealismo se entrecruzan con la fantasia y lo onírico. Pero, a pesar de ello, se diferencian en muchos aspectos.

Mientras Martin le interesa más el entorno, el mundo fantástico que describe y construye, Stewart enfoca su pluma en el hombre y en un mito, Merlin, y de trasfondo Arturo.

Mientras Martin empapa su prosa con la violencia, el incesto y la brutalidad del medio hostil, Stewart, que también describe ese mismo entorno de violencia, incestuosidad y brutalidad lo dibuja con sobriedad, con la delicadeza que solo una mujer escritora puede otorgarle a una narración de ese vigor. Donde Martin es explicito, Stewart sugiere; donde Martin detalla, Stewart simplemente comenta; donde Martin se regodea y refocila, Stewart realiza una elegante parábola; donde Martin nombra, Stewart alude.

Mary Stewart demuestra lo que puede hacer una mujer escribiendo un libro de un mundo dominado por los hombres y con solo el combite de unos escasos caracteres femeninos, de un fino y firme trazado sicológico. De la misma forma Martin demuestra lo que solo puede hacer un hombre narrando un mundo dominado también por los hombres, y salpicado de una pequeña muestra de mujeres que encuadran la anécdota en una saga interminable. Los dos, sin embargo, no pueden diferir más uno del otro.

Stewart es heredera y figura cumbre de una estética del buen viejo tiempo de la literatura de caballería y fantasáa, Martin es el escritor de la nueva generación de jóvenes-HBO. Tal vez no pueda pedírsele al americano que retorne a los setenta y escriba como Stewart, como también es imposible que se le pida a la Stewart saltar a la modernidad sicodélica de los que prefieren consumir al Martin de la saga de «Canción de Hielo y Fuego». Son dos muy diferentes estéticas, válidas ambas, pero imposibles de poder desgustar de la misma manera, y casi imposibles de comparar y coincidir.

Los personajes de Martin existen para dibujar el entorno, el mundo que es el centro de su proeza narrativa. En cambio, los personajes de Mary Stewart son el centro de sus libros, el entorno es solo el accidente de fondo para sus criaturas. Tal vez para el gusto moderno, de la juventud y adolescencia actual, el Merlin de Stewart es demasiado delicado, casi pintoresco, mientras que Jon Snow o Ned Stark, o tal vez Bran, sean componentes actuales de la estética contemporá, la que se vive en las redes sociales, internet y en la imaginación centripeda de la modernidad. En un mundo veloz es más fácil digerir a Martin que vagar en la voluptuosidad de Stewart.

No lo sé. Pero para mí Mary Stewart tiene un componente que, o George R.R. Martin olvidó, o sencillamente no lo tiene como parte de sus herramientas como escritor, o no lo comprende, y es ese hlito romántico, vaporoso con que la británica cubre la anécdota, los caracteres y el mito, que la hace trascender y situarse en el plano intocable de los clásicos, los grandes clásicos de la literatura.

Lo que es muy cierto es que yo prefiero al Merlin de Stewart frente a esta saga infinita de Martin. De eso no cabe dudas.

Tuesday, March 29, 2016

Oliver Sacks: En movimiento. Una vida.

El primer libro que leí de Oliver Sacks fue «El hombre que confundia su mujer con un sombrero», y desde entonces comprendí que el famoso neurólogo era un escritor en estado puro, y así mismo él casi se define en las últimas páginas de sus memorias:
“El acto de escribir es suficiente en sí mismo; sirve para clarificar mis pensamientos y sentimientos. El acto de escribir es una parte integral de mi vida mental; las ideas surgen y cobran forma en el acto de escribir”.
Por tanto, no resulta extraño que Sacks confiese que, durante el transcurso de su vida, haya acumulado algo más de 100 diarios donde escribió y registró, no solo los hechos cotidianos a que se enfrentó durante toda su vida, sus viajes continuos en motocicleta, las historias de sus pacientes más importantes e interesantes, sus sentimientos y también sus emociones. Escribe en pequeñas libretas de apuntes, sobre cartas y sobres, siempre escribe y, por su propia confesión, se define como un natural narrador de anécdotas e historias, algo que, según él mismo, le viene de manera biológica de sus propios padres, médicos ellos mismos pero, cuenta otra vez Sacks, magníficos narradores de historias.

No es extraño, por todo eso, que leer «On the move. A Life» sea una tarea amena, que transcurra fácil y traviesa, y nos veamos sumergiéndonos en el mundo personal del neurólogo, sus depresiones y estados exuberantes, su pasión por los pacientes, sus disquicisiones científicas sobre el estado de su profesión en su tiempo y las personalidades que en ella provocaron el desarrollo de esa especialidad médica. Anécdotas, personajes célebres, poetas, grandes figuras de la neurología mundial, cartas y libros. Nada se hace dificil para un hombre que lo escribe todo sobre cualquier cosa y de manera entretenida, interesante.

Y así nos cuesta creer que quien nos habla de un poema, o de un caso clínico extraño o de un viaje por el oeste norteamericano, sea un médico, un neurólogo, y que nos hable de sus disquicisiones médicas y nos parezca que,  más que hablarnos el profesional, nos esté hablando el escritor, el fabulador inteligente, el hombre que hace de la escritura no su forma de ganarse el sustento, sino su medio por excelencia de expresión. Las memorias de Sacks no solo sirven para descubrir la vida apasionada de uno de esos personajes hechos célebres por las grandes producciones de Hollywood, y de la mano de dos de los más multifacéticos actores del cine mundial, Robin Williams y Robert de Niro, sino también para los escritores en ciernes, los que comienzan a escribir o desean enfrentar ese reto, por la gran cantidad de ideas que el mismo Sacks les brinda sin siquiera ser ese su propósito en el libro.
“Tengo la impresión de ir descubriendo mis pensamientos mediante el acto de escribir, durante la escritura propiamente dicha. A veces un texto surge sin problemas, pero lo más habitual es que lo que escribo precise de una amplia poda y corrección, porque puede darse el caso de que exprese el mismo pensamiento de muchas maneras diferentes.”
Algo como esto pudiera muy bien haber estado recogido en algunas de las memorias de los mejores escritores británicos o norteamericanos de su tiempo. O, tal vez, esta otra:
“No ha sido mi interés principal desarrollar una personalidad poética única, y me llena de júbilo la maravillosa observación de Eliot de que el arte es la huida de la personalidad.”
Oliver Sacks trajo a la modernidad la usual práctica médica del Siglo XIX de escribir y publicar casos clínicos importantes. Lo hizo en varios libros de manera amena, audaz, con garra, lo que llevo a que muchas de esas publicaciones se convirtieran en éxitos de venta, como también lo ha sido este su libro de memorias. En él, Sacks se nos descubre en su totalidad, tal cual es, sin inhibición a los temas difíciles de su vida, como era su homosexualidad o los períodos en que estuvo bajo la influencia de las drogas y el alcohol. La honradez recorre todas las páginas de sus memorias y hace del libro no solo una lectura amena, fresca y vital, sino el último acto de fe de quien vivió una vida plena, entregado a su profesión, a sus pacientes y su escritura.

Sunday, March 13, 2016

Hubert Selby Jr: La habitación

¿Cuán violento puede ser un libro violento? ¿Cuán obsceno, detalladamente obsceno, puede ser un libro obsceno? ¿Cuán grosera puede tornarse una frase y un personaje y una situación anecdótica en un libro que, por su esencia, va a ser grosero? ¿Cuál es el límite entre una obra de arte y un testimonio sádico? Algunas de estas preguntas puede que hayan sido las que llevaron a Hubert Selby Jr. a nfrentar un juicio por su obra escrita.

No voy a hacer la apología de «La habitación». Si usted revisa por internet encontrará muchas que la hacen. Es un libro que no escatima palabras, adjetivos y apelativos para describir un anónimo personaje encarcelado por crímenes que nunca se nos aclaran pero que, leyendo entre líneas lo que el personaje  sueña le ocurre o le ocurren a otros en su fantasía sádica y neurótica, usted logra identificar como suyos.
"Pero hubo momentos en que quería un sonido diferente que acompañara a ‘sus análisis’ por lo que añadió collares de estrangulamiento y fijó el otro extremo de las correas a la pared. Luego, a medida que ellos se deterioraban y chillaban y aullaban, los collares se irían apretando lentamente y su música se silenciaría hasta que, con una repentina punzada de dolor, sólo habría un apenas audible croar en lo profundo de sus gargantas. El entonces se pondría de pie y observaría como sus lenguas le sobresalían y se le hinchaban, oscureciéndoseles, sus ojos se  hinchaban con el terror  más absoluto e incontrolable y su piel poco a poco iba tornándoseles azul. Entonces él aflojaría los collares y comenzaría el proceso una vez más. Este era su medio favorito de inspección y medición.”
He ahí como describe las sesiones de «entrenamiento» a sus perros que, renglones antes habíamos conocido que era la transfiguración fantasiosa de los dos policías que lo habían detenido, sometidos durante todo el libro a un imaginativo y narcótico juicio, por supuestas violaciones a sus derechos como ciudadano del mundo.

Hubert Selby no escatima detalles, repeticiones, pedantería supuestamente elaborada por una mente enferma encerrada en una celda, a la que nunca conocemos su identidad, de la que nunca llegamos a conocer su nombre, los motivos exactos por los que está aprehendido en el escueto y gris rectángulo con una grieta a la que examina, con detalle abrumador minuto a minuto, como lo hace con su cara o con las torturas infligidas a una víctima imaginaria del poder policial que, en última instancia, sospechamos es su autor y no estos dos policías transformados en perros, reconvertidos en objeto de una audiencia senatorial, de un juicio y de una reclusión siquiátrica.

El narrador habla en primera persona, pero en ocasiones parece como abandonar el cuerpo y situarse más allá, aún comprometido con su visión, pero describiendo los hechos y pensamientos y palabras como si fuera algún otro, en tercera persona, escapando de su propia humanidad, situándose como «un tercero». Es un recurso que intensifica la indiferencia que, supuestamente, es el matiz presente en todos los asesinos en serie.
“Se sentó en el borde de la litera preguntándose, en un primer momento, si hubiera dormido, entonces cuando se dió cuenta que lo habia hecho, se preguntó cuánto tiempo. Oh, bien, no habia ninguna diferencia. El tiempo era siempre el mismo. 3 comidas al día y una ducha de vez en cuando. La hora del día no tenía sentido. Y de las noches. Las luces siempre estaban encendidas por lo que nunca se sabía. Excepto que es más ruidoso durante el día. Todo es lo mismo. Ninguna diferencia."
En pequeñas, muy pequeñas vinetas, nos cuenta una infancia atormentada, de rabia, un niño supuestamente  inadaptado y antisocial, con notas brillantes pero con las peores en conducta y esfuerzo. Una rabia y una inadaptación social que se manifestaba en pillerías, en matar animales, pobres gatos y en lanzar pedradas con su tirapiedras a autos y personas cuando llovía, desde su ventana.

El libro describe con incisiva crueldad el placer sexual de un asesino sádico, de sus torturas y sus orgasmos sicológicos y fisicos, su risa incontenible, su pensamiento cínico, indiferente al dolor. Desde ese punto de vista el libro puede parecer una instrospección profunda a la siquis de un criminal, solo que desconocemos con precisión su crimen.

En general pienso que el libro se excede en algunas páginas que no agregan nada, como las dedicadas a la examinación de los oficiales de policía, antes convertidos en perros, y ahora sometidos a la examinación de la corte imaginativa del encarcelado, con periodistas que le creen, abogados dedicados a su cruzada justiciera, senadores y legisladores que le aplauden. Se alargan sus fantasías novelescas sobre su redención como ciudadano de mérito. También pienso, y no me cabe la menor duda, que existe un exceso, casi morboso, de la descripción de las torturas a los perros, que llegan verdaderamente a abrumar. Por supuesto, se podría argumentar a su favor que el autor pretende abrumar bajo el peso del horror de esta mente enferma, pero siempre he dicho que un buen escritor no necesita abundar en detalles sangrientos, dolorosos y groseros para poder dar la verdadera imagen del abismo de sadismo y crueldad en seres despreciables. En ocasiones, además, sus fantasías se hacen excesivamente reiterativas y cansonas, llegan a hastiar en vez de provocar el incremento en el interés por avanzar en la novela.

Y entonces llega el final, que parece abocarse a una gris apelación a la bondad y a la conciliación con la mente criminal de este ser anónimo, pero feroz. No, no me gusta el final pero, ¿pudiera haber sido algún otro?

Hay libros que se resisten a la traducción, este es uno de ellos. Si usted domina lo suficiente el inglés, su idioma original, le recomiendo que por ninguna razón intente leerlo en otro idioma que no sea ese. Los giros de la lengua, el peculiar fraseo que tipifica, como pocos escritores han hecho, a sus personajes, la repetición que actúa como un latiguillo feroz y abrumador, el uso y reuso de frases acomodadas a la grosera lengua del narrador-protagonista, todo eso hace que una traducción pierda inevitablemente en la consecución de dar la imagen exacta de lo que el creador de esta despreciable criatura quiere darnos. No es que no se pueda traducir, es que la traducción trabaja como espada de Damocles en contra del original, lo recorta, lo hace discapacitado en su misma base anecdótica.

Un libro que es recomendable leer, tal vez para recordar que otros, que abordan la misma criatura feroz, han envejecido demasiado rápido en el tiempo, para aun regresar a este como uno de los primeros intentos de abordar el fenómeno, desconocido entonces, del asesino en serie.

Después, bueno, después vinieron «clásicos» como «El silencio de los corderos»,  de Thomas Harris, o «American psycho», de Bret Easton Ellis. El libro de Ellis envejeció demasiado pronto, inmerso en demasiadas referencias a los ochenta, y todavía el clásico de Harris sigue presente, «La Habitación» de Hubert Selby Jr. sigue, sin embargo, impactando por su brutalidad y franqueza.

Sunday, March 6, 2016

Cómo leer

No, no pretendo instruir, mucho menos sugerir cómo realizar el acto de la lectura, mucho menos decir qué se debe leer y cómo hacerlo. La lectura debe ser un placer, y no un privilegio. Hay personas que leen en el subway, cuando abordan un autobús con destino a su trabajo o de regreso a casa, sentados en un parque, a la sombra de un árbol o a la orilla de un lago. No tienen un lugar de resguardo para la lectura. No tienen un momento especial para retornar a la aventura. Los hay que la comparten con la música o, incluso, frente a una televisión encendida lanzando mensajes sonoros que, como signos difusos, entorpecen la concentración que un buen libro debiera tener.

A veces yo comparto también la lectura con una buena música. Regreso a «Spotify»y busco algunas de las melodías clásicas que me relajan y preparan el espíritu para la lectura. Un clásico como Rachmaninov, o una reposada melodía de Mozart inspira el disfrute más integral de determinados libros, de la misma forma que otras, más punzantes, convierten el lenguaje sonoro en la perfecta armonía de intereses entre el placer de leer y la comprensión de los submundos literarios en que nos sumergimos.

Soy de los que piensan que cada libro tiene su propia elegida música, así como cada poema, un buen verso, reclama su melodía. De alguna forma la música es el sonido sonoro natural de la palabra. No en balde las dos surgieron al unísono en la historia natural del hombre.

Un libro, sin embargo, es un objeto de uso y, aunque parezca risible, yo también comparto aquella vocación de Umberto Eco de mencionar lo que no se ha leído antes de presumir de lo que ya fue una lectura.

Me gustan los libros. Su olor. Esa peculiar desazón de asistir a esas salas repletas de folios y abrirlos, repasar con fruición su olor a papel y tinta vírgenes. Es un acto litúrgico de hacer el amor al conocimiento y a la fantasía. Por eso me alegra tropezar en tantas ocasiones con personas que se apresuran a tomar el tren urbano, irse a algún parque o sentarse en cualquier autobús con la compañia cálida de una obra escrita. Lo triste, sin embargo, es descubrir cómo algunos adolescente se apresuran, casi corren desesperadamente, a atrapar un libro que termina siendo la biografía «no autorizada» de Justin Bieber.

¡Qué triste! ¡Con tantos libros que rodean a ese folletín de mercado sonoro!

Pero, ¡no!, no crean que soy un puritano de la literatura. Para mí la lectura no puede tener el límite «autorizado» de ninguna censura. Lo que importa es comenzar a leer, porque en el camino se puede alcanzar el buen gusto, aprender a valorar un poco más lo escrito, cambiar el rumbo, mejorar lo que se lee. De alguna forma no se puede apreciar la música sin oirla primero, y así sucede también con la lectura.

Aprendí a leer en casa, mucho antes de recibir instrucción en una escuela pública. Conocí la lectura viendo a mis padres leer y disfrutar de ella. Verme rodeado, pequeña personita que tropezaba al correr, con tantos libros asaltando los estantes de mi casa. A los cuatro años mi madre me llevó a la biblioteca, y allí, rodeado de tantos folios, descubrí el mundo de los hermanos Grimm, a Pipas Mediadlargas, las delicadas y profundas narraciones de Hans Christian Andersen y, sobre todo, ese libro que nunca me ha abandonado desde su milagroso encuentro, «El pequeño príncipe».

Tal vez porque comencé a leer antes de saber escribir, e ir a la escuela, nunca he asociado la lectura con la incómoda e imprescindible instrucción. Todos pasamos por la escuela y aprendemos a escribir y «leer», pero no todos nos quedamos atrapados con la lectura. Porque leer no es el acto automático de la repetición, como la adquisición de las tablas de multiplicar que nos martillan en la escuela.

Es algo más.

Algunas personas hacen listas, organizan qué leer y cuándo, qué «clásicos» abordar y cuándo, escriben algoritmos detallados de qué libros leer y cuánto deben demorarse leyéndolos.

¡Horror!

Para mí leer es una aventura, y como toda aventura necesita sorpresa, ilusión, encuentros fortuitos, desengaños y riesgos. Soy un lector intuitivo que lee ávidamente todo, o casi todo lo que encuentra en su camino y que, a veces, se sumerge hilando un camino, como lo hacia Teseo para abandonar el laberinto del minotauro, de libro en libro porque, a fin de cuentas, hay libros que solo hacen hablar de otros, y esos otros son el resultado de muchos anteriores a él, que han surgido y que son como peldaños de una escalera interminable de placeres y momentos.

A veces oigo personas inteligentes, «cultas»,  se «proponen», sienten «el deber» de enfrentar un «clásico». Siento mucha lástima por esos lectores «de obligación», los que se sienten impulsados a «enfrentar una lectura» como si fuera una clase de metafísica o de fisica atómica, ese tipo de deber profesional de vencer «un obstáculo – el denonimano clásico literario – y avanzar como si de lo que se tratara fuera de un curso de literatura avanzada en una universidad europea.

He oído a individuos instruídos hablar del Quijote como si fuera algo inaccesible, algo más allá de todo posible placer. Muy extenso, demasiado lejano en el tiempo, denso, anticuado, las clasificaciones varían de acuerdo a la modernidad y el alcance tecnológico del individuo, porque, al parecer, la tecnología ha impuesto una velocidad indetenible en la obtención del placer, cualquiera, y la lectura es la hija de la paciencia.

¡Lo he dicho tantas veces!, leer es un placer, y si un «clásico» no merece el entusiasmo, el deseo incestuoso de lo prohibido, o al menos la agradable sensación de acercarnos al orgasmo del intelecto, literalmente, pues mejor es no leerlo. Los libros no están hechos para ser vencidos, para enfrentarlos como si fueran un obstáculo demasiado alto en una carrera por relevos.

Hay lectores que se sumergen en una lectura hasta que la acaban, hay otros, como yo mismo, que alternan varias y sienten un nervioso placer al retornar nuevamente a lo dejado. Es como si no quisiera terminar, extender el libro hasta un infinito para no acabarlo, golpear mentalmente esos carmesíes zapatos de Dorothy en camino al mundo de Oz, o tomarnos la pócima secreta de Alicia para alcanzar al conejo. Cualquiera que usted elija, el que fuere, será la perfecta forma de disfrutar la lectura. Porque lo importante no es leer, si no comenzar a hacerlo.

Monday, February 29, 2016

Anna Politkovskaya: Un diario ruso

Me acabo de leer el cuaderno de memorias de Anna Politkovskaya «Un diario ruso», y desde la primera línea se comprende por qué la periodista rusa fue asesinada, y por quién. No hay que consumir muchas páginas del nervioso diario para darse cuenta por qué ella es el blanco de la oficialidad gubernamental rusa, y especialmente del periodismo comprometido con la oligarquía política de Putin, a la vez de no obtener tampoco mucho credito con algunos miembros de la oposicioón por su brutal honradez con todos, hacia todos y sobre todos.

Ni Putin, ni la «United Russia», partido que acolcha a Putin, ni la oposición al gobierno ruso, ni Rybkin, ni Khakamada, ni Malyshkin, nadie se libra de su pluma afilada. Anna fue una periodista incisiva, una voz incorrupta, excepcional en el panorama del periodismo ruso. Una feroz enemiga de la oligarquía política, del totalitarismo encubierto y adornado de una supuesta democracia, donde ocurren secuestros, se asesinan a enemigos políticos, se despretigian figuras que podrían comprometer la figura del Presidente Ruso.

Nada escapa a las notas ríspidas, afiladas de Politkosvkaya.

Por supuesto, no escapan los «colegas» de la rusa a su pluma despiadada. Y así, en la página 67 podemos leer:
“Hay, por ejemplo, una propuesta de una reducción significativa del impuesto sobre el valor añadido para los agentes inmobiliarios. Esto es simplemente ridículo, porque los agentes inmobiliarios en Rusia son millonarios. Nadie plantea el asunto en los medios de comunicación, a pesar de que todos susurran sobre él constantemente. Los periodistas practican una rigurosa autocensura. Ni siquiera proponen estas historias a sus periódicos o a las estaciones de televisión, conocedores de antemano de que sus jefes se las suprimiran en las tiradas finales.”
O cuando no tiembla en llamar a Putin oligarca. Página 93:
"Un gobierno oligárquico, controlado por diferentes oligarcas, cerca no del Ministerio de Finanzas y el de Hacienda, sino a Putin. Putin es un oligarca político. En épocas historicas anteriores habría sido llamado un emperador."
No hay adornos. El estilo es directo, más allá de la nota periodística las acotaciones parecen un quirúrgico instrumento de exposición y analisis de la situacion política de su país. Politkovskaya no teme aventurarse y exponer abiertamente su opinión, su pensamiento sobre los sucesos diarios, los eventos que quedan en la sombra. Se arriesga, enfrenta el reto, sobrepasa la prudencia en un lugar que puede comprometer la vida al que es honrado hasta el tuétano, como lo es ella. Rompe la frontera de la fría «objetividad» para comprometerse, lo cual la hace acercarse a íconos del periodismo de denuncia en Occidente, como es el caso de Oriana Falacci.

Politkovskaya cruzó muchas rayas marcadas para su sobrevivencia dentro del imperio de Putin, que ella misma ayudó a desenmascarar. Una de esas masrcas fue el arresto y traslado de las fuerzas de la villa de Komsomolskoye por parte de las fuerzas de asalto de la seguridad de la Federacion Rusa. La periodista publicó un video, que le llegó a sus manos de manera clandestina, sobre ese traslado al que compara, incisivamente, con la forma de actuar de los nazis. Ella misma se lo suministró a los medios occidentales, donde las fotos son conocidas como las del «Abbu Ghraib Ruso».

Acota Politkovskaya:
"Lo que sucede en Ingushetia refleja lo que sucede en Moscú. Después de la reelección de Putin ha habido una purga completa de todas las fuentes de información, lo que refleja la purga en la arena política. Ahora cualquiera que no quiere saber, no necesita saber. La mayoría prefieren no conocer lo que ocurre."
Para los cubanos, que «disfrutaron» de la visita del Patriarca Ortodoxo Kirill, las palabras de Politkovskaya en la página 124 son esclarecedoras:
“Putin ha dado instrucciones a la Iglesia ortodoxa rusa para dar cuerpo a lo que estaba hablando en su discurso ante la Asamblea Federal, sustituir la defensa «occidental» de los derechos humanos por la defensa «ortodoxa» de los derechos humanos en Rusia. Con el fin de demostrar su lealtad a las autoridades, y en cambio de que se hizo la principal religión del estado bajo Putin, la Iglesia ortodoxa rusa lo ha aceptado. El Metropolitano Kirill dio un discurso muy sentido sobre la necesidad de encontrar nuevos líderes para el movimiento de derechos humanos ‘que amen a nuestro país’. El parece no tener la menor idea de que ‘la búsqueda de nuevos líderes para el movimiento de los derechos humanos’ simplemente no es posible. O bien están ahí, generados por la propia vida, o no lo son.”
Y así continúa la rusa durante las cortas acotaciones periódicas que la llevaron a ser asesinada, un 7 de Octubre del 2007, cuando subía por el ascensor de su edificio, después de realizar unas compras en el mercado cercano a su casa. El crimen nunca fue esclarecido, como muchos otros que ella misma denunció en sus escritos en la prensa y en las notas de sus memorias, este «Diario Ruso». Pero, por supuesto, todos conocen de dónde surgió la orden de ejecutarlo, y quién la dio.

Sin lugar a dudas un libro imprescindible para poder conocer la realidad rusa bajo «el signo de Putin».

Sunday, February 21, 2016

Boris Vian: Escupiré sobre vuestra tumba

Es un libro fácil y dificil de leer. Diálogos ágiles, nerviosos y tersos. Descripciones que prescinden de todo adorno superfluo hasta alcanzar la turgencia de la desnudez de la violencia. Personajes y caracteres que cruzan los límites de las estratos sociales, las conveniencias de época y las simpatías. Una novela corta para ahogar el resuello de las circunstancias grotescas que cuenta.

Vian sabe engarzar los diálogos y prescindir de lo superfluo, y así agotamos el pequeño libro, un escaso centener de páginas, en un aliento, casi sin separarnos de él. No voy a hacer la crónica cotidiana de contar la historia, la trama o simplemente el resumen de lo que cuenta. La violencia excede, y algunos pasajes grotescos desafían cualquier intento de contar la trama. Es un libro para provocar, para sentirnos violentamente agredidos y condenar.

Sabe escribir. Sabe utilizar el predecible escándalo para construir una novela que denuncia, pero que también sirve de contradenuncia a la posible fábula que parece sugerir. Todo es un juego de apariencias, y así mismo su sencillez aturde. Pero, ¡cuidado!, es la desnudez de la inteligencia, de la astucia.

No sentimos ni simpatia por las hermanas blancas ricas del pueblo perdido surcaliforniano, ni Lou ni Jean son personajes que logran ganarnos porque su retrato sicológico y físico, y las circunstancias, las hacen antipáticas. Hay algo demasiado oculto que impide nuestra empatía con las hermanas, a sabiendas de que son las vítimas. Pero Lee, el protagonista, es mucho menos capaz de darnos un respiro y de ganarsela tampoco. Porque, a pesar de que también es una víctima se torna en un victimario a conciencia, frio, que planifica su venganza. Boris Vian ha descrito el personaje para que no logremos comprender del todo su rabia, contra personas lejanas a su tragedia. Es la opción del autor para elevar el simple relato de horror, sangriento, a denuncia social.

Es esa ambigüedad la que hace que la novela supere el escalón del simple libro de lo macabro, como por ejemplo lo merece «American Psycho», y se convierta, como ya dije, en algo más. El recurso a mano es la escaces de referencias, la casi ausencia de detalles superfluos, donde todo se sugiere mucho más de lo que se nos dice, y casi nada se afirma con contundencia. Es el simple telegrama novelado de una masacre.

No es un libro fácil. Nadie puede cruzar el instante en que la mujer negra le abre la puerta a Lee y a Dexter, en aquella casa de los suburbios pobres donde dos ninas son prostituidas por diez, quince dólares y olvidarnos, tal como si nada, que lo que se cuenta, con una extrema escaces de recursos y de detalles, es lo más grotesco y simiesco en una sociedad humana. Pero no hace falta, los detalles mínimos son los imprescindibles para saber cuál es la tragedia y quiénes los que sufren y por qué.

Todos.

Y el final es casi uno de esos clásicos de cine negro, tan de moda en los cincuenta. Lacónico. Preciso. Quirúrgico. En el dolor físico se esconde precisamente la crueldad de la pluma fría, contundente de Vian.

Es un pequeño magnífico libro. Tan dificil de leer como imprescindible de enfrentar su lectura. Tal vez porque Boris Vian tenia sangre francesa logró captar lo macabro y, a la vez, lo espiritual que un hecho sangriento puede tener cuando la escritura se limita a contar, con inescrupulosa impaciencia, la autopsia del odio y el racismo, en todos los lados del color.

Friday, February 19, 2016

La muerte de Eco «en nombre de la rosa»

De cierta manera Umberto Eco «inauguró una época», la de libros que recreaban un tiempo pasado en un lenguaje y estilo que, sin dejar la chispa y la velocidad moderna de los acontecimientos en la lectura – a veces nos hemos enajenado tanto con la cadencia moderna que olvidamos que la literatura es precisamente eso, la enajenación de la mente ante la fantasia vorágine y desbordadora del autor –, lograba captar la esencia del siglo que figuraba transcribir.

Si «En nombre de la rosa» no se hubiera escrito entonces, hoy alguien tuviera que haberlo creado, so pena de que mucha de la literatura de «alta venta», regenciada en el pasado o con la semilla fundacional en el pasado, no existiera en nuestras estanterías de libros. Podemos decir entonces que sin aquel autores como Dan Brown no los hubiéramos conocido, y «El código Da Vinci» no fuera el éxito de ventas que fue.
Anonadado por el éxito «de la rosa» el resto de la literatura, llamémosle «mundana», de Eco parece trivial, simples juegos de abalorios de un escritor medio. Y parece serlo, porque el resto de sus libros son dispares, incompletos y, en muchas ocasiones, artificiosos, a pesar de que aun en su artificiosidad logran atrapar al lector, especialmente al lector típico de consumo de «best sellers».

Umberto Eco escribió el libro que logró colarse entre ese estrecho margen de obras que catalogan como «best seller» sin perjudicar su fama como experto en semiótica, y también sin que la etiqueta de venta y éxito provocara una vergüenza en su nombre, como autor de libros de poca estatura intelectual.

En últimas instancias «En nombre de la rosa» resume lo mejor del género de novela histórica, revuelto con el típico trama policiaco enmarcado en el siglo XIV, y donde un Sherlock Holmes parece transfigurarse Guillermo de Baskerville, un monje franciscano seguidor de las enseñanzas de Francis Bacon y con la semilla de la ilustración en su espíritu. De hecho la descripción física del personaje es casi, al dedillo, la del célebre personaje de Conan Doyle:
 “Su altura era superior a la de un hombre normal y, como era muy enjuto, parecía aún más alto. Su mirada era aguda y penetrante; la nariz afilada y un poco aguileña infundía a su rostro una expresión vigilante, salvo en los momentos de letargo a los que luego me referiré.”
La novela fue aventura, misterio, historia y lenguaje, y es también una especie de metaliteratura en sí misma. Con ella Eco se superó a sí mismo para nunca volver a alcanzar aquella estatura, ni aquel éxito arrollador. Pero es suficiente para haberle ganado un lugar en la literatura contemporánea, y haber logrado que el público ávido de literatura banal comprendiera que se puede hacer buen entretenimiento, ameno y agil, sin perjudicar la inteligencia, sin enajenar el intelecto, sin desfallecer ante el mercado.

Por todo eso hoy debemos recordar al escritor Eco más allá del semiótico, como el autor de un libro que creo hasta un culto, refundó una escuela e impulsó la impresión de libros que, de otra forma, nunca hubieran sido impresos, nunca hubieran existido. Hasta su final el escritor mantuvo la curiosidad perenne del verdadero intelectual, la pluma comprometida del buen periodista y opinador, y la mirada humanista del hombre de nuestro siglo, comprometido con su semejante.

Algunos hubiéramos deseado que demorase su partida unos pocos años más, con la esperanza del segundo intento «en nombre de la rosa». Pero tal vez la imaginación, Dios o alguna musa inquieta lo estaba reclamando, demasiado pronto entre los que sobreviven al resto de los mortales, para que no pudiera descubrir, como Harper Lee, un primer libro que antecediera a aquel que le diera renombre universal, y ejecutar así una herida a su obra imperecedera.

¡Hasta siempre, Umberto!